¿Por qué no consumir huevos?

En las tres últimas décadas, la producción mundial de huevos ha aumentado más del 150 por ciento (dato extraído de la FAO). De hecho, se estima que habitan en el planeta más de 25 billones de gallinas, un número mucho mayor que cualquier otra especie de ave hoy en día. Y aunque han terminado siendo parte de la maquinaria de la industria de la alimentación, incomprendidas e ignoradas, detrás de esta especie podemos encontrar muchas curiosidades:

Las gallinas llevan miles de años relacionándose con la vida humana. Se cree que descienden de la especie ‘Gallus gallus Bankiva’, ave originaria del sudeste asiático, que vivía entre arboledas y matorrales (hubo un tiempo en el que se les consideraba aves exóticas).

Existen documentos que afirman que el primer genoma de ave que fue descifrado pertenecía a una gallina. Su domesticación comenzó hace 8000 años, aunque pudieron comenzar a ser usadas mucho antes.

Las gallinas domesticadas son bastante similares a sus ancestros salvajes. A pesar de la intensa manipulación genética, no se han visto afectadas cognitivamente o a nivel de comportamiento (en contraste con los perros, por ejemplo, que han cambiado muchas de sus conductas significativamente debido a la domesticación de su especie).

Son muy curiosas e inteligentes. Pasan la mayor parte de su día en el suelo, en contacto con la tierra, aunque son capaces de dar pequeños vuelos y correr hasta unos 15 km/h.

Como muchas otras aves, tienen los sentidos muy desarrollados: pueden ver a larga y corta distancia al mismo tiempo, pueden oír frecuencias bajas y altas en una variedad de niveles de presión y pueden orientar los campos magnéticos.

Tenemos conocimientos de que tienen la capacidad de disfrutar y sufrir dolor.

Pese a todo esto, esta especie ha terminado viviendo en granjas, hacinadas, sucias, en jaulas donde apenas pueden moverse, convertidas en máquinas de producción, esperando a ser sacrificadas cuando dejan de ser útiles.

La industria avícola, granjas ecológicas y Free Range

Para que se puedan producir huevos y existan ‘gallinas ponedoras’ ha tenido que existir un proceso de cría. Esto ya no se realiza de forma natural sino por medios artificiales (para obtener huevos fecundados se extrae el semen del gallo y se implanta en las gallinas).

Cuando nacen, los pollitos se seleccionan en función de si son machos o hembras. Las hembras serán destinadas a granjas, ya sean industriales o extensivas. A los machos, como no compensa que sean criados para carne, se les mata al poco tiempo de salir del huevo. Esto algunas veces se hace mediante una trituradora, y otras mediante asfixia o apilados como basura hasta que fallecen.

En las enormes naves de grandes industrias, las gallinas viven en las llamadas jaulas batería, jaulas metálicas apiladas con departamentos en el suelo para que los huevos caigan y puedan ser recogidos con más facilidad. En estos limitados espacios viven hacinadas en un ambiente sucio, siéndoles casi imposible moverse o asearse con normalidad, con heridas, quemaduras y perdidas de plumas debido al contacto con el metal. Debido al confinamiento y al estrés acaban picándose y produciendo heridas a sus compañeras y sufriendo enfermedades graves. Son condenadas a no recibir una adecuada atención veterinaria y debido al gran numero que pueden vivir en este tipo de naves muchas veces sus cuerpos muertos se dejan en las jaulas durante días e incluso semanas.

Existen otros tipos de explotación intensivas, las denominadas ecológicas o de ‘gallinas criadas en suelo’. En la mayoría de estas, las gallinas no se encuentran en jaulas y tienen acceso a una alimentación con pienso ecológico, pero siguen estando recluidas, hacinadas y sin la debida atención veterinaria. En las extensivas, o llamadas ‘Free Range’, aunque vivan sin hacinamiento, tampoco reciben la atención que necesitan.

Normalmente a partir del año o dos años de edad, al dejar de ser tan productivas, son enviadas al matadero o, al igual que los pollitos, desechadas en contenedores, muriendo asfixiadas o deshidratadas entre los cuerpos muertos de sus compañeras. Con los debidos cuidados, una gallina podría vivir hasta 15 años.

Las secuelas de la explotación

En la industria intensiva, son muchas veces forzadas mediante ayuno o uso de fármacos a la muda de plumas para aumentar la producción de huevos. Esto les provoca grandes pérdidas de peso, muerte por hambre, deshidratación o enfermedades debido a que su sistema inmunitario disminuye. Al mudar las plumas comienzan nuevos ciclos de puesta de huevos, por lo que consiguen que sus cuerpos sean rentables durante más tiempo.

El pico de las gallinas contiene numerosas terminaciones nerviosas. Manipularlo puede causarles un gran dolor y cambiar su comportamiento, ya que en estado natural lo usarían para explorar, acicalarse o beber. En el proceso de cría, al poco tiempo de nacer y antes de que a los 4 meses vayan a algún tipo de granja, los picos les son mutilados mediante una cuchilla caliente que le corta al menos un tercio del pico, asegurándose así que no les vuelva a crecer. En muchas ocasiones se causan lesiones graves, provocando que no puedan alimentarse con normalidad.

La finalidad de esta práctica en la industria es evitar que se piquen y produzcan heridas entre ellas, debido al estrés y hacinamiento. También buscan que no picoteen y se coman sus propios huevos y por lo tanto haya pérdidas económicas.

Debido a la manipulación genética de sus cuerpos, una gallina denominada de ‘raza comercial’ puede poner hasta 300 huevos al año. A principios del S.XX la cantidad no superaba la mitad de esa cifra.

Debido a esto, a partir del segundo año de edad la mayoría de ellas son gravemente propensas a sufrir enfermedades relacionadas con su aparato reproductor y la puesta de huevos. Cáncer de útero, celomitis, peritonitis bacteriana o prolapso de la cloaca son algunas de esas dolencias. También  pueden sufrir osteoporosis e infecciones graves, debido a la pérdida de calcio y energía en la puesta.

El consumo de huevos y la explotación animal ha condenado sus cuerpos y sus vidas